Educación

Papá, te quiero

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La figura paterna cumple un papel de fundamental importancia en la vida afectiva de una mujer. Desde la infancia deja su huella indeleble, marca en buena medida las futuras relaciones de amor y desamor.

Cuando mamá y papá entienden el instante por el que atraviesa su hija, los tres determinan un triángulo necesario y tranquilizador. La niña se inclina amorosamente por su papá, y mamá permite dicho acercamiento. Permite que su marido responda a los mimos y cariños. Y ambos, desde su posición de adultos, sabrán darle a la situación la dimensión correcta. Con los límites que el sentido común les indique.

En esta etapa, observan cómo su niña emula e imita a su mamá, en lo femenino de ella. Por esto, es muy común observarla transitar por la casa realizando equilibrio con tacos altos o quizás con su carita pintada. El destinatario de tanto arreglo es lógicamente su papá. Es que la niña está comenzando a mirarlo y admirarlo como figura masculina que es. Y mamá preparó este camino, la muy fuerte unión entre hija y madre fue dejando el espacio para el ingreso del hombre.

Palabras como “a bañarse que ya está por venir papá” o “vamos a mostrárselo a papá”, condiciona un camino muy propicio para ese vínculo particular que la niña logra con su papá. Y ese coqueteo se verifica a cada instante, como las fantasías y miradas. La mirada hacia el papá como objeto amoroso aparece hacia los cuatro o cinco años, el denominado complejo de Edipo. El comienzo en el colegio marca la salida a esta situación, pese a que la resolución total a veces sea algo lenta.