Juegos

¡Estoy aburrido!

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Es una frase que los sufridos padres oímos muy a menudo. ¿Qué les sucede a esos pequeños? Quizás no sea nada, pero si su aburrimiento es prolongado debemos estudiar su porqué.

Un adulto que confiesa estar aburrido es una persona sospechosa. Ya quisiéramos nosotros tener tanto tiempo ocioso como para aburrirnos. Los niños no tienen ningún escrúpulo de conversar sobre su aburrimiento. Al contrario, la oración “papá, me aburro” o “mamá, me aburro” es una canción repetitiva que se entona con suma facilidad. En los muy pequeños, hasta los cuatro o cinco años aproximadamente, el aburrimiento tal como lo entendemos los adultos es raro. Sus necesidades de descubrir cosas y de moverse son tan grandes que siempre están ocupados en alguna actividad. Si los vemos algunas veces sin ganas de jugar, suponemos sin dudas que los está afectando alguna molestia física.

Muchos pequeños nos brindan su aburrimiento como un plato vacío que los padres les debemos completar, sobre todo en época de vacaciones. Si esto sucede solo pocas veces, correcto. Debemos proponerles alguna nueva actividad, jugar con ellos un buen rato, o si justo en ese instante estamos ocupados, pasar su reclamo por alto.

A menudo somos los propios padres que apagamos el natural afán de actividades de nuestros hijos. Si todo son prohibiciones que le impiden lograr sus ideas, ya sea porque molesta o desordena, culmina por perder todas las ganas. Luego esos niños serán muy dependientes de las personas adultas, sin recursos propios y siempre estarán esperando que alguien les diga lo que deben hacer.

Los padres debemos estructurar nuestros tiempos de forma que siempre tengamos un pequeño hueco en el día para dedicarlo a una actividad deseada: jugar con nuestros hijos.